Mensaje de Padre Capó
La Mala Costumbre de Callar
La calle se ha convertido en la plataforma de toda reivindicación, protesta, reclamo, contestación social, política y religiosa.
Apoyándose en el supuesto derecho de libre expresión todo se ataca, se ridiculiza, se blasfema, y sólo se niega la libre expresión de quienes dicen que toda expresión no merece la libertad. El mundo musulmán se pone en pie de guerra y prima el asesinato de quien (cómicamente) publicó unas viñetas sobre Mahoma; con vergonzosa impunidad se queman imágenes de personas públicas alegando que con ello se expresan libremente.
Vemos con extrañeza que las calles se llenan de gays y lesbianas en defensa de supuestos derechos sociales; políticos, deportistas, consumidores, nudistas y algunos camorristas gritan por unos derechos que a veces ni ellos mismos conocen… pero están allí, en la calle, se dejan oír, detienen la circulación y la prensa se hace eco, aunque sean media docena.
No es una crítica.
La censura va dirigida a quienes, poseedores de convicciones firmes, serias, éticas, morales, permanecen mudos, pasivos, ante el ataque vicioso. No es una ofensa señalar que los más "callados" son los católicos.
Reconocemos que es fruto de un pasado en el que solamente los fieles decían "amén". La iniciativa se transfería al párroco o al obispo, quienes pretendían que en su voz se reconociera el consenso unánime de todos los bautizados. Ni es verdad ni es justo, ya que el derecho de expresar las convicciones es un derecho personal, y es laudable la expresión pública y colectiva.
El laico, las asociaciones, las comunidades eclesiales, los Movimientos, tienen la calle como púlpito, con mucha más audiencia de la que concurre al templo. Son de alabar las "hojas parroquiales", pero el vicio, los productos de consumo, la diversa propaganda, los sugestivos reclamos del vicio, el insulto a la verdad etc. invaden carros, paredes, y calles.
Con esto no ataco lo que se hace (aunque a veces lo merece), sino lo que no se hace. Debemos orar intensamente para que Dios nos ilumine en el que hacer, pero no podemos refugiarnos en que rogamos, justificándonos, para que sea Él quien arregle las cosas
